La chica del vestido azul -Capítulo 1 (Español)

El silencio y la oscuridad me envuelven cuando apago el motor del coche.

Hay una farola colgada de la pared de la vieja escuela al lado de casa, pero hace tres años que los del ayuntamiento de Falgar tienen que venir a arreglarla y nunca acaban de encontrar el momento de hacerlo. Avanzo a tientas con la única ayuda de una luna tenue y desganada mientras revuelvo el interior del bolso en busca de las llaves que deben abrir la puerta de mi santuario.

Observo desde el balcón las cuatro casas dormidas a un lado y otro de la Calle Mayor. No hay ni un haz de luz en las ventanas, ningún ruido humano que estorbe el rumor de las ramas y la corriente continua del agua del río. Sin embargo la casa es vieja y, como cuando era una niña y la abuela me contaba cuentos de conejos antes de ir a dormir, las paredes se quejan y las tuberías hablan un idioma que no quiero entender.

Cojo la radio, la botella de José Cuervo y dos tranquimazines y subo a la habitación.

Mañana será otro día.

***

Me despiertan unas voces excesivamente chillonas y agudas. Miro el reloj: nueve de la mañana. Las vigas de madera me recuerdan que estoy en Treviu.

Abro la ventana. Hay un grupo de gente en la plaza de la iglesia, mueven los brazos y gesticulan exageradamente.

Ha pasado algo gordo.

Dudo entre volver a la cama o bajar a la plaza. Quizás un pequeño drama rural sea exactamente la distracción que necesito. Por otra parte, tendré que ir a ver a Marian y a Linus tarde o temprano, así que me conviene aprovechar la confusión del grupo para ahorrarme más preguntas de las necesarias.

Me visto con los vaqueros y la camiseta que dejé en la silla del dormitorio ayer por la noche y, calzada con las chanclas, bajo a toda prisa la Calle Mayor.

A medida que voy acercándome a la plaza reconozco a algunas de las personas que se agolpan en la puerta de la iglesia, aunque hace años que no veía a la mayoría de ellos. La señora Encarnación, con el rostro arrugado y mucho más encorvada que la figura que yo guardaba en mi recuerdo, se mueve de un lado a otro de la plaza, agitando la cabeza como si negara algo compulsivamente y murmura “madre de Dios, Virgen santísima” mientras Pedro de Cal Duran la intenta calmar como puede, siguiéndola en su insistente y repetitivo trayecto de cuatro metros. Cerca de la iglesia y de la puerta contigua al pequeño cementerio se aglutinan un grupo de diez o doce personas, entre los que distingo a Juan Linus y a Marian. Hay muchos murmullos de sorpresa y confusión.

-Alguien debería llamar a la policía de Falgar –reconozco la voz de Eva, la de la fonda.

Avanzo hacia el grupo y toco tímidamente el brazo de Linus para llamar su atención. Sus ojos tardan unos segundos en reconocerme, los mismos que yo necesito para identificar los cambios que el tiempo y la experiencia han causado en su fisonomía.

-¿Martina? –Sus brazos me rodean levantándome con tanta fuerza que los pies apenas me tocan el suelo. Luego me suelta suavemente y pregunta-: ¿Qué haces aquí? ¿Cuando has llegado? -Sus ojos azules tienen un brillo que aún resalta más el moreno de su piel, curtida por el sol de muchos mediodías trabajando en el campo.

-Ayer por la noche. Me quedaré un par de semanas o tres. -Tal vez para siempre, pienso para mis adentros, si encontrara una manera de sobrevivir desde aquí.

-¡Ay que alegría! Mira mama, –dice cogiendo del brazo a Marian y arrastrándola fuera del círculo de gente, dónde estaba manteniendo una conversación con Roberto, el marido de Eva- ¡Mira a quién tenemos aquí!

-¡Martina! ¡Qué cambiada estás! ¡Casi no te he reconocido, con este pelo tan rubio!

El efecto causado por su sonrisa me coge completamente desprevenida, y me encuentro abrazándola más efusivamente de lo que me hubiera considerado capaz. A veces no somos conscientes de hasta qué punto hemos echado de menos a alguien hasta que nos reencontramos con él. En estos momentos tengo la sensación de que, en este entorno, con esta gente, podría recuperar una parte de mi infancia.

-Ha venido a pasar unos días. –Dice Linus, contento. Y luego, con una sonrisa de oreja a oreja y algo enigmática, añade-: Se ve que le gusta la tranquilidad y soledad de Treviu, a Martina, como cuando era pequeña …

Por un momento me planteo si las palabras de Linus podrían tener un doble sentido, pero me doy cuenta de que es completamente imposible que sepa nada de lo que ocurrió en Barcelona. Por si acaso evito que la conversación se centre en mí y cambio de tema:

– ¿Qué ha pasado? ¿Por qué está todo el mundo en la puerta de la iglesia?

-En la puerta de la iglesia no, en la del cementerio. Pedro quería entrar pero el cura dijo que era mejor que no pisáramos el suelo ni tocáramos nada, porque tal vez la policía podría averiguar algo y no se podía contaminar la escena del crimen. Me parece que ha visto muchas series de televisión, este cura. Ya me dirás que va a encontrar, aquí, la policía. Y eso si se dignan a venir …

-¿Pero qué ha pasado?

-Un acto de vandalismo, o quizás algún animal … El caso es que algunas de las tumbas de los mineros, la del abuelo Fabra y no sé cuáles más han sido removidas, y ahora es todo una mezcla de trozos de madera podrida y huesos. -Y mirando a Linus añade-: Ve a casa y llama a la policía de Falgar, porque aquí todo el mundo mira y habla, pero nadie hace nada. Cuanto antes vengan, antes se acabará este número de teatro.

Linus asiente y camina los escasos metros que lo separan de su casa, justo cuando la señora Encarnación repara en mi presencia y se dirige decididamente hacia nosotros. Cuando llega hace un leve movimiento con la cabeza para saludar a Marian, y mirándome fijamente me pregunta:

-¿Pues no eres tu la niña de los Casajoana?

Suspiro internamente. La resignación se me debe dibujar en la cara, pero me da igual. Respondo:

-Martina, sí.

-¡Qué grande estás, niña! ¡Y qué cambiada! Y mira que no lo parecía, que crecerías demasiado tú, tan bajita que has sido siempre.

Antes de que pueda contestar Marian interviene en la conversación:

-Linus ha ido a llamar a la policía, a ver si vienen. Mientras tanto, -y ahora me mira a mí- ¿por qué no vienes y te doy un par de margaritas y pensamientos, que tengo un montón en las jardineras de la entrada? Te irán bien para arreglar un poco tu el jardín, si piensas quedarte una temporada.

-¿Has venido sola? -Pregunta Encarnación, con cierto escepticismo- Pues es mucha casa, la vuestra, por una sola persona. Y con esto que ha pasado ahora…

Ya estamos. Lo que me faltaba.

-Pero bueno, -sigue- por lo menos ahora tienes a los de la casa nueva que alquilan habitaciones al lado, así que si te pasa algo, con un grito que pegues ya te oyen y …

-¡No digas sandeces, Encarna! Aquí no hay ningún peligro. Esto lo han hecho unos adolescentes aburridos de algún pueblo de por aquí al lado. -La interrumpe Marian- ¿No ves que la escuela ha terminado y no tienen nada que hacer? Vamos a buscar las flores, que hasta que llegue la policía puede pasar media mañana, y yo tengo otras cosas que hacer que estar aquí de chismorreo. -Y devolviéndole el gesto con la cabeza que Encarnación ha hecho cuando se han encontrado, me coge del brazo y me obliga a dar media vuelta.

Tom y Laica nos reciben moviendo la cola de un lado a otro incansablemente y nos acompañan hasta el pie de las escaleras, donde saben que tienen la entrada vetada.

Linus se encuentra encorvado sobre el pequeño escritorio en la esquina del inmenso comedor y hace un gesto de sorpresa cuando se percata de nuestra presencia. Juraría que ha guardado algo rápidamente en uno de los bolsillos de su pantalón.

-¿Quieres que te prepare algo, papa? -Pregunta Marian.

-No, gracias. Ahora vengo. -Nos guiña el ojo.

La cocina es exactamente como la recordaba. Inmensa, con el suelo de baldosas claras, del mismo color que el pino de los postigos y las ventanas del lado derecho de la estancia. Las otras paredes, que junto con la de los ventanales forman un rectángulo, están flanqueadas por un mueble lleno de piezas de una vajilla antigua, de color blanco y azul, así como copas, vasos y tazas, albergando en medio un televisor de medidas considerables. Cuando era pequeña, este televisor era donde miraba Dragon Ball y Musculman cuando la señal no llegaba a la televisión de casa, que era muy a menudo. Marian y Linus fueron los primeros, y diría que los únicos, en tener una conexión vía satélite en el pueblo. Lo mismo ocurrió con el teléfono, muchos años antes, cuando sólo existía la cabina de la plaza, que aún se supone que funciona con pesetas a día de hoy.

Las dos paredes restantes tienen las instalaciones propias de una cocina excepcionalmente completa: un horno de leña, un horno de gas, una zona destinada a hacer brasa, un juego de seis fogones de gas, un fregadero doble considerablemente hondo y una buena superficie de trabajo de mármol blanco. En medio de la cocina, una mesa redonda de madera, con seis sillas, hechas por Samuel -su hijo- hacen las veces de comedor.

-¿Te preparo un café especial de los tuyos?

Preferiría un trago de tequila. Aún así, se me escapa una sonrisa. Los cafés especiales se los inventó Marian cuando yo era pequeña y me cogió la obsesión de que quería tomar café, “igual que lo hacían los mayores”. Como respuesta a tal petición, y ante la mirada amenazante de mi madre, Marian me dijo que haría un café especial para mí. El invento funcionó, y nunca consideré la posibilidad de beber otra cosa que no fuera mi café especial durante aquellos veranos que pasaba en Treviu. Sé que le ponía leche condensada, y un poco de Nescafé (que me había convencido de que no era descafeinado, pero evidentemente lo era), luego echaba el agua hirviendo al vaso de cristal y la magia ocurría ante mis ojos. Y yo con aquel café especial, sentada en la mesa de los “mayores” y alternando mi atención entre los dibujos animados y las conversaciones de los adultos era la niña más feliz del mundo.

-Sí, gracias -respondo.

Sonríe y añade:

-Hay galletas y madalenas en el armario.

Tres minutos después, nos sentamos en la mesa con una taza en la mano, una enfrente de la otra.

-Entonces, ¿crees que ha sido una gamberrada, lo de remover las tumbas? -Pregunto. Mientras yo haga las preguntas evitaré que las hagan los demás.

-Pues claro. ¿Qué va a ser, si no? No hay ningún rey enterrado aquí. Las tumbas de este cementerio son de gente sencilla, nadie enterraba en ellas cosas de valor. Esto sólo puede ser fruto de la inconsciencia y el aburrimiento.

-Probablemente tengas razón. A ver qué dice la policía.

-¿Qué quieres que digan, estos? Volverán a poner los huesos en el lugar de donde han salido y les tiraran un capazo de tierra encima.

-¡Mira que eres bestia, Marian! -Pero probablemente tenga razón.

-Pues tu dirás… ¿No estarás esperando una investigación? ¡Ya te llevarías bien, tu, con este nuevo cura, tantas pruebas e investigaciones!

-Hombre, una investigación, así con todas las letras, no sé, pero hacer unas preguntas aquí y allá … es de sentido común.

Linus entra en la cocina, sonriendo.

-¡Ah! Un café especial para Martina. ¡Como en los viejos tiempos!

Marian me mira y levanta sus ojos azules hacia el cielo. Luego le pregunta:

-¿Qué te ha dicho la local? ¿Con quién has hablado?

-¿La local …? -Las arrugas de la frente se le van alisando a medida que recuerda la respuesta- ¡Ostras, que me había olvidado! ¡Ahora mismo los llamo! -Y se va corriendo hacia la mesita de la sala de estar, donde reposa el teléfono de teclado circular, seguido por Marian.

Aprovecho para levantarme y echar un vistazo a través del pequeño ojo de buey que se encuentra en la pared de los fogones, y que da directamente a la calle del cementerio. Desde donde estoy no veo a nadie. Parece que la sorpresa inicial se ha disuelto, y poco a poco la gente ha ido a hacer las tareas y encargos que no han hecho a primera hora de la mañana.

Dejo el vaso de cristal vacío en la mesa y grito: “¡Ahora vuelvo!” mientras desaparezco escaleras abajo.