Prólogo

Cuando uno hereda una mansión no obtiene sólo un grupo de piedras más o menos bien distribuidas, sino también toda la historia que ésta alberga, el tiempo que en ella transcurrió. Entonces pasado y presente se mezclan, creando así un futuro confuso y etéreo, gravitatorio y onírico. Marcar las diferencias se convierte en un reto insuperable, pues los segundos cabalgan lentos entre retratos de familiares desconocidos y leyendas inconclusas entre los sirvientes. No hay glamur en las sombras, sino rumores tenues y sutiles que se apagan con el eco de los pasos, pareciéndole a uno que le persiguen sus propios tacones.

Quizás por esta razón dejó la señora Durroway de llevar zapatos y Daisy se acostumbró a pasear descalza en sus salidas nocturnas, de manera que sólo se oyeran las minutas del enorme reloj de pared del salón, marcando el paso de la lenta y aletargada noche.

Ese reloj se paró sin que casi nadie se diera cuenta una fría noche de febrero, hace ya mucho tiempo. Y hubo de pasar mucho más tiempo aún para que, sin razón aparente alguna, la señora Durroway reparara de nuevo en él, y se lo mandara al restaurador Olivier Legrand, una mañana de abril de 1972.

Lee el primer capítulo.

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