Capítulo 1: Los días y las noches de la señora Durroway

Si no fuera por su fortuna, seguramente Emily hubiera acabado en un manicomio; pero el dinero le da a veces a uno la posibilidad de crearse el suyo propio.

Durante estos últimos años, la mujer ha vivido aislada del resto del mundo, sea ésta la condena o el premio a la locura, pero siempre en sus términos. Como el dinero no le falta, tampoco le faltan trabajadores en la casa, pues la señora Durroway paga bien al que se deja torturar por ella. La peculiar mansión a las afueras de Narbona es tanto su refugio como su prisión, lo mismo que su cuerpo lo es para su alma. En el dorado atardecer entre las retorcidas sombras de los viñedos, las tardes avanzan frías y sórdidas para la Señora Durroway.

“¡Daisy, por el amor de Dios! ¡Levántate niña! ¡No te pago para que duermas!” La voz aguda y ciertamente irritante despierta a la muchacha, que dormita lánguidamente en la vieja y desgastada mecedora, cercana al gran ventanal de la habitación principal de la Señora Durroway: una prisión llena de comodidades que, por su apego al pasado, rara vez se atreve a utilizar.

“Enciende las velas. Está oscureciendo, apenas puedo ver qué crema me estoy aplicando”, añade sin apenas apartar sus grises ojos del espejo dorado. A pesar del sistema eléctrico instalado en la mansión, la señora Durroway se empecina en encender velas donde quiera que se desplace dentro de esas paredes macizas, que custodian celosas un espacio lleno de vacío, y vacío de calor.

“¿No prefiere que encienda la luz?” Contesta la chica mientras se frota los ojos.

“Ya te he dicho lo que hacer muchacha. No discutas mis órdenes, ¡simplemente haz lo que te digo!”

Sin ser una cándida belleza, ni poseer la gracia o elegancia típica de la burguesía, o la actitud sosegada y serena más propia de la madurez que se espera a su edad; la señora Durroway invierte largas horas en aplicarse todo tipo de cremas, lociones y maquillaje en el rostro. Sentada delante del tocador en su habitación; sus pupilas traspasan el barroco espejo adquirido en la única subasta a la que ha acudido en su vida. Pero a pesar de su obsesiva insistencia, las cremas nunca logran relajar su piel, marcada por unos rasgos tensos y afilados. Cuando la señora Durroway se encuentra en este estado soñoliento, es imposible establecer comunicación con ella sin recibir como respuesta un alarido histérico y exagerado. Probablemente por este motivo, la joven muchacha que la acompaña sentada en la mecedora ha vuelto a ceder al insistente peso de sus párpados.

Al cabo de un inmensurable rato, lleno de un silencio atemporal, la señora sale de su ensueño ante el espejo, como si de repente hubiera recordado algo más o menos lo suficientemente importante como para hacerle mover sus finos labios y completar otra orden: “¿Daisy?”

“¿Sí, señora?” La chica despierta abruptamente de su letargo.

“Lee el libro en voz alta para mí”.

Daisy, tan joven y ágil como es, se levanta pesadamente de la silla, aguantando un suspiro quejoso.

“Lee el relato corto del libro que leíste la noche pasada”.

“Pero ya lo hemos leído tres veces, señora”. Y acaricia con sus finos dedos la cubierta amarillenta de “Grandes relatos cortos rusos” del 54. Por mucho que disfrute con la lectura, no quiere releer por cuarta vez el mismo relato cuando hay trece más esperando ser descubiertos por sus ávidos ojos.

“No te lo voy a repetir. Lee la historia de Pushpimns, haz el favor”.

“Es Pushkin, señora. La Reina de Espadas de Alexander Pushkin.”

“Exacto. Eso es precisamente lo que he dicho.”

Recostada otra vez en la mecedora, la joven procede a la lectura. Sus palabras mecánicas, se deslizan por los muchos rincones vacíos de la enorme habitación. Los techos altos acusan la monotonía y la vaga variedad tonal, así que la falta de entusiasmo se hace eco inevitablemente en las orejas de la señora Durroway, que la escucha con un molesto gesto y cierta confusión, hasta que la interrumpe fríamente: “Querida, no entiendo una palabra de lo que estás leyendo. Definitivamente no naciste para hacer este tipo de cosas.”

“Lo siento, me he distraído.” Pero ni tan sólo Daisy cree que haya sonado convincente, pues bien es ella consciente de que tenía sus pensamientos muy lejos de las letras del ruso.

“Por supuesto, querida.” Y después de hacer un muy breve silencio, y levantando los ojos hacia la lámpara de araña que cuelga en el centro de la habitación, añade: “Cada vez que te oigo leer me acuerdo de esa falta de educación escolar tuya. Me serías de más utilidad si fueras a mi armario a buscar el vestido verde esmeralda. ¿Eso podrás hacerlo bien, verdad?  Voy a tomar un baño ahora mismo.”

Emily se encierra entonces en el gran receptáculo lleno de amarillas baldosas de porcelana que conforma su lavabo anexo a la habitación, durante largo rato. Después, erguida y tirante, se enfunda en el vestido  y se dispone a salir al jardín.

Hay explícitas e inalterables órdenes de no importunar a la señora en sus paseos bajo ninguna excepción. Y es precisamente por esa extraña razón, que la hora que duran esos paseos es el pequeño espacio de tiempo más relajado para sus empleados. Se reúnen entonces todos en la cocina, donde Agnès prepara ya la cena que se servirá puntualmente a la hora estipulada, pero sin ninguna garantía de ser ingerida; pues nunca se sabe si la señora va a estar de humor para cenar después de sus paseos diarios, y en caso de hacerlo, si lo hará en su habitación o en el comedor.

Jacques, con traje escrupulosamente negro, se apoya en la puerta mientras observa que la mesa esté impecable, y censura de vez en cuando con un grave carraspeo, casi imperceptible, los negativos comentarios sobre la señora, que vuelan entre ollas, manteles, agua, cuchillos, y exquisitas copas de cristal. Daisy y Vincent -el pelirrojo jardinero-, se sientan en la vieja mesa de madera de la cocina y se lanzan miradas de complicidad, fingendo escuchar con atención a Agnès, que se llena la boca de leyendas prohibidas acerca de la familia, buscando en ellas una explicación lógica al comportamiento de la señora.

#

Después de la cena las horas transcurren lentas y oscuras, como una pesada digestión. Un impecable silencio reina en la enorme mansión y las inamovibles vides que la rodean, interrumpido por algunos sórdidos pasos en la moqueta rojo sangre de la escalera, o los agudos golpes de la campanilla, que desgarran el vacío del silencio desde la habitación de la señora. Esto último ocurre muy a menudo, debido a la antigua instalación de una caja de llamadas, donde se puede ver según el número que aparezca en ella, la estancia desde donde la señora Durroway exige la presencia de sus sirvientes. Paradójicamente, el número raras veces varía, siendo el tres, el número correspondiente a su dormitorio, de presencia invariable en cada una de las llamadas.

Daisy se afana en subir las escaleras hacia allí, sólo para hacer cesar los insistentes martilleos de la campana que golpean furiosos su mente adormecida. Encogida por la humedad que se filtra por las ventanas, y ataviada con su fino camisón como abrigo, lo único que Daisy desea es poder seguir durmiendo lo antes posible.

“¿Sí, señora?”

“Me voy a levantar ya. Pide que me preparen el desayuno lo antes posible.”

“Señora, son las cuatro de la mañana.”

“Eso es imposible querida, he visto como salían los primeros rayos de sol.”

Daisy se dirige con pasos inevitablemente airados hasta las cortinas de terciopelo azul y las sacude violentamente, apartándolas a un lado del robusto ventanal y creando una lluvia de motas de polvo: “Pues ya me dirá usted donde ve esos rayos.”

“Qué extraño, hace un momento estaba lleno de luz…”

“Se habrá confundido con el faro de algún coche.”

“No puede ser…”

“Pues parece evidente, señora.” Después de tal afirmación, la chica se desplaza hacia la puerta, hecho que irrita profundamente a la mujer que yace contrariada, envuelta en un sinfín de pesados edredones. Una rejilla negra contiene sus encrespados y finos cabellos.

“¿Daisy?”

“¿Sí?”

“No te vayas.” De repente su voz ha sonado como una plegaria, casi un ruego infantil. De ninguna de las maneras permitiría la señora que su sirvienta la viera en tal estado de debilidad.

“¿Disculpe?”

“Ya me has oído. No me hagas repetirme.” Y la hostilidad ya se ha recompuesto.

Daisy se da cuenta de que no le va a ser fácil dormir esta noche, y apunta mentalmente que debe recordar no retar a la señora, porque al fin y al cabo, y muy a su pesar, ella tiene las de perder. Pero puede aún hacer un último intento, si lo hace con una actitud mucho más sumisa.

“Pero señora, son las cuatro de la mañana…”

“Eso ya me los has dicho antes. ¿Hay algo más que quieras decirme? Anda, siéntate en la mecedora y cuéntamelo.”

“Preferiría volver a la cama, descansar un rato…”

“Ya. Entiendo. Yo prefiero que te quedes aquí. Puedes dormir en la mecedora si te apetece. No te culparé si te quedas dormida.”

“Pero no tiene demasiado sentido que…”

“Quédate Daisy. No olvides dónde vives, ni para quien trabajas.”

Finalmente la chica decide resignarse, no sin condenar al tratamiento de silencio a la señora, pues sabe que ese es el único poder que puede ejercer sobre ella. De pie, con los ojos fijos en la ventana, dónde el viento zarandea las ramas del limonero, la muchacha se traslada mentalmente de habitación.

“¿Daisy?”

“Sí.”

“A veces me parece que hablo con las paredes, y lo que es peor, éstas prestan más atención que tu. ¿Has oído lo que te he dicho?”

“Por supuesto señora.”

“¿Entonces?”

“Entonces me quedaré aquí. Sentada.”

Emily Durroway persigue con sus ojos a la resignada muchacha hasta que ésta se halla sentada en la mecedora.

“Perfecto.” Murmura mientras comprueba que la rejilla negra está en su sitio y se acurruca pesadamente envuelta en las mantas y el denso edredón, dando la espalda a la muchacha. “Y haz el favor de correr esas cortinas, mi dormitorio no es una función de teatro.”

Exhausta por la tensión en la conversación con su sirvienta, la señora finge dormirse, respirando profundamente.

Cinco minutos después Daisy se levanta, apaga la vela de la mesita y se escurre sigilosa hacia su pequeña y fría habitación, dos plantas más abajo, esperando poder olvidarse de la presencia de la señora Durroway… por lo menos hasta la mañana siguiente.

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